La Organización Internacional del Trabajo (OIT), fundada en 1944 con el principal objetivo de establecer las condiciones y requisitos mínimos que deben de cumplirse en los distintos trabajos, hace una distinción fundamental entre las clases de enfermedades que se provocan como consecuencia del trabajo: las que se producen por causa del propio trabajo y las relacionadas con el trabajo, lo que viene a resumirse en las que tienen su causa directa por posturas o consecuencias del trabajo que se realiza y las que se derivan de las condiciones laborales del puesto. Y en ese orden trataremos de plantear soluciones.
Enfermedades consecuencia del trabajo que se realiza
La repetición de tareas, entre otras, es una de las razones que más consecuencias tiene en las bajas laborales. Y no es despreciable el dato: más de un 24% de las consultas realizadas en España en 2009, según datos de del Ministerio de Sanidad, se refieren a daños consecuencia del trabajo que se desempeña. El primer puesto lo ocupa el dolor de espalda.
Las bajas laborales suponen un importante coste empresarial, no solo en cuanto a los daños físicos sino los psicológicos. Puestos de trabajo que obligan a posturas forzadas se postulan como los más dañinos y esto tiene una fácil solución:
Enfermedades que se derivan del puesto de trabajo
El cuerpo humano es un “instrumento” de altísima precisión y su cerebro el mejor regulador que podría haber tenido. Esto, que es una suerte para quienes pertenecemos al grupo, muchas veces se nos olvida y es por ello que de vez en cuando, más veces de las que nos imaginamos, hace saltar los mecanismos de defensa con que contamos y nos avisa de que hemos tocado fondo.
La fatiga es uno de los mecanismos de aviso y regulación del mecanismo. Sobrepasar nuestras capacidades nos extenúa y automáticamente se producen las consecuencias: bajada en el ritmo y en la atención de las tareas que realizamos, aplazamiento de los trabajos desagradables o más críticos y complejos… estas son solo algunas de las acciones que inconscientemente se producen.
Algo que se escapa a la influencia de l@s empresari@s es el fiscalizar los hábitos del trabajador pero no está de más el establecer y contribuir a que se mejoren los hábitos en la alimentación (no se puede determinar la dieta pero se pueden establecer pausas con duración suficiente para que se hagan comidas suficientes), descanso y ejercicio.
Organizar las tareas del puesto de cada persona y dejar perfectamente definidas las funciones y los tiempos, también es clave para prevenir el cansancio y la consiguiente falta de rendimiento (ver www.colomayasociados.com/consejos).
Un elemento esencial en el rendimiento es la motivación, eso sí, bien medida. En exceso puede concluir en daños irreparables pues el trabajador no percibe su fatiga, o la obvia, y cuando el cuerpo, sus defensas, reaccionan, los daños muchas veces son irreversibles. Si por el contrario la motivación es nula o muy baja, los síntomas de fatiga surgen a la vez que el aburrimiento, la desidia.